Okupas

Carlos Taibo –
Lunes.22 de febrero de 2010 –
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El desalojo policial en Madrid de un
centro social okupado, el Patio Maravillas, ha reabierto la magra
discusión que entre nosotros provocan proyectos que, como ese, en modo
alguno son residuales. Bueno es recordar que la presencia de esta
suerte de centros es, muy al contrario, común en muchos de nuestros
medios urbanos.

Los centros sociales okupados muestran,
como poco, dos dimensiones interesantes. Olvidaré ahora la primera de
ellas, que no es otra que la posibilidad de que jóvenes y no tan
jóvenes encuentren cobijo en un escenario marcado casi siempre por
alquileres próximos a la usura. Mayor interés tiene en estos momentos
la segunda dimensión, que nos habla de esos centros como notabilísimos
y estimulantes focos de irradiación cultural y pensamiento crítico.

A título de ejemplo, el Patio
Maravillas madrileño, como tantos otros, ha acogido en los últimos 30
meses un sinfín de actividades, entre las que se cuentan conciertos,
talleres, servicios de asesoría legal y actos públicos a menudo
masivos. Un buen termómetro de lo que tenemos entre manos lo ofrece el
hecho de que una parte de las sesiones del Foro Social de Madrid
previstas para finales de este mes había de celebrarse en ese recinto
(y se celebrará, por lo que parece, en su sustituto).

Sí hay que mencionar, con todo, dos
carencias que arrastran estos locales: la primera la aporta su
indisimulada condición generacional –a poco más atraen que a jóvenes–,
en tanto la segunda llega de la mano del escaso atractivo que tienen
para lo que llamaré con ligereza la izquierda tradicional, acaso más
culpa, bien es cierto, de la miopía de esta última. Agreguemos, para
cerrar el panorama, que frente a la imagen, tantas veces difundida por
los medios, de antros cerrados, marginales y fuente de delincuencia, es
harto frecuente que iniciativas como la del Patio Maravillas disfruten
de un general apoyo entre los vecinos del barrio en que han cobrado
cuerpo.

Pero, más allá de lo anterior, hay que
prestar atención a lo que los centros sociales okupados significan en
el terreno de la contestación de dos miserias ingentes que marcan de
forma indeleble el derrotero de nuestras sociedades. La primera es la
radical supremacía que corresponde a un ocio –el que se ofrece a los
jóvenes– dramáticamente impregnado de consumo, de dinero y de
atontamiento; importa subrayar la gratuidad, frente a ello, del ocio y
de los servicios que proporcionan los centros que ahora nos atraen.

La segunda miseria la configura, cómo
no, una especulación inmobiliaria que entre nosotros lo inunda casi
todo. A duras penas puede ser casual que, en muchos casos, los
inmuebles objeto de okupación sean propiedad de personas de dudosa
moralidad que bien saben lo que es el negocio sucio y la presión sobre
los dirigentes políticos. Qué tiempos estos en los que quienes
especulan y se lucran con el trabajo de los demás campan por sus
respetos, mientras son frecuente objeto de represión, demonización y
criminalización muchos jóvenes que buscan, con talento y compromiso,
horizontes distintos. Los mismos tiempos, bien es cierto, que permiten
que quienes llevan años alentando un visible deterioro en las
condiciones medioambientales del planeta pongan en la cárcel,
incomunicados, a quienes han tenido el coraje y el buen sentido de
plantarles cara.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política

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