Muros ruidosos, muros silenciosos

Veinte años después, todos esos muros no demuestran sino el fracaso del poder y sus gobernantes –
Martes.10 de noviembre de 2009 –
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ALIZIA STÜRTZE, HISTORIADORA

Desde su construcción, en 1961, en
plena Guerra Fría, el Muro de Berlín fue noticia diaria. Día tras día,
año tras año, los medios occidentales de comunicación nos «informaron»
sobre el mismo: el muro de la vergüenza, el muro de la infamia, el
telón de acero, los muertos al intentar huir, la maldad intrínseca del
comunismo… Cuando se inició su caída, el 9 de noviembre de 1989, el
acontecimiento fue retransmitido hasta el hastío y celebrado en directo
como la victoria del «mundo libre», y, de paso, como el triunfo
definitivo del capitalismo. Marxismo, socialismo, lucha de clases,
imperialismo, explotación… todo eso eran antiguallas ante el famoso
«fin de la historia» de Francis Fukuyama, que proclamaba que un
pensamiento único, el «pensamiento de mercado», se mantendría hasta el
final de los tiempos: la historia, entendida como conflicto, había
llegado a su fin.
Veinte años después, la Unión Europea conmemora el evento con multitud
de festividades y hasta subastas de trozos de hormigón de la pared en
cuestión, cuyo derrumbe nos trajo, al parecer, la «libertad». Pero
ocurre que el aniversario coincide con la gravísima crisis acarreada
por ese «fundamentalismo de mercado», como lo llama Hobsbawn, vencedor
tras la caída del muro berlinés, que ha traído consigo la
liberalización financiera y el desplazamiento de la voracidad
capitalista al mundo entero. Y que, además, concuerda con la
ratificación del Tratado de Lisboa que, en plena supuesta crisis del
modelo, refuerza la Europa neoliberal, aumenta la militarización y la
exclusión, subordina el bienestar y la justicia social a la tiranía del
Producto Interior Bruto, endurece las políticas represivas y, ya que de
muros hablamos, acelera la construcción de la «Europa Fortaleza», es
decir, crea infranqueables muros, reales o virtuales, que cierran
fronteras, violan el derecho de asilo, criminalizan a los inmigrantes y
los encierran hasta su expulsión en centros de internamiento,
verdaderos agujeros negros del Estado llamado de derecho que impulsa la
directiva europea conocida como la «Directiva de la Vergüenza».

Pero de esos muros no se habla, o se
habla poco: son muros silenciosos. Son muros mucho más largos, altos,
dañinos y mortíferos que el de Berlín; pero son muros silenciosos y, a
menudo, son muros admitidos e incluso aplaudidos.

En los 27 años que se mantuvo el muro
berlinés, hubo 79 muertes, de las que se nos informó una tras otra,
hasta la saciedad: eran víctimas del comunismo. Entre 1989 y 2007 han
fallecido, que se sepa, 15.000 inmigrantes frente a las fronteras
europeas; 15.000 muertes ejemplarizantes, al parecer, de las que, según
el tono que de los informativos se extrae, son culpables los propios
fallecidos; no víctimas. No olvidemos que en la Unión Europea la libre
circulación es para capitales, empresas y mercancías; no para personas
que huyen de la miseria y las guerras, de las que Europa es, sin duda,
responsable. Y que para ocultar esa realidad ahí está esa otra forma de
muro, el muro mediático e ideológico, que invisibiliza la tragedia,
separa y justifica, y convierte en meros números estadísticos a todos
esos representantes de los «condenados de la tierra» como los llamaba
Franz Fanon; incluidas mujeres embarazadas y niños.

Ese muro «invisible» justifica las
vallas de seis metros de altura de Ceuta y Melilla, con su tecnología
sofisticada, sus cámaras infrarrojas y sus difusores de gases
lacrimógenos, y en las que el «uso desproporcionado de la fuerza» ha
causado decenas de muertos… que, al parecer, no merecen la categoría
de «víctimas» de la «política securitaria» de la Unión Europea, en la
que colabora el Estado español en colaboración con el régimen de
Marruecos… Ése que recibe ayudas millonarias por controlar la
inmigración y que, hace cuatro años, abandonó en el desierto sin comida
ni agua a 500 subsaharianos…

Ese muro «invisible» posibilita la
ocultación de ese terrible muro marroquí de 2.700 km., construido hace
20 años por Rabat para saquear los yacimientos de fosfatos y la riqueza
pesquera, y perpetuar la ocupación y represión del pueblo saharaui. Esa
zona militar de vallas, búnkers y alambradas, vigilada por miles de
soldados, está «protegida» por miles de millones de minas antipersona,
que en teoría prohíben las convenciones internacionales pero que
diariamente causan muertos y heridos… muertos y heridos que, por
misterios de la semántica (¿o quizá de la economía o la
geoestrategia?), tampoco alcanzan la superior categoría de «víctimas»,
en este caso del terrorismo marroquí.

Esa barrera «invisible» (pero muy
elaborada) permite a Israel seguir ampliando los muros del apartheid en
la Palestina ocupada, crear bantustanes en Cisjordania, continuar con
los asentamientos ilegales, realizar bloqueos, hurtar el agua y
aplastar y asesinar al pueblo palestino como durante la ofensiva de la
franja de Gaza (1.500 muertos). No importa que la Corte Internacional
de Justicia de La Haya haya ordenado detener la construcción del muro
dentro de los territorios ocupados y desmantelar lo ya levantado. El
lobby israelí-norteamericano pesa lo que pesa y, mientras ser declarado
criminal de guerra serbio o serbobosnio y juzgado como tal es
relativamente sencillo, los crímenes de guerra israelíes no son de
momento ni juzgables ni punibles… que para eso están el derecho a
veto de EEUU en la ONU y otras «insuficiencias» de la legislación
internacional. Y es que tanto la categoría de «víctima» como la de
«terrorista» o la de «criminal de guerra» dependen del color del
cristal con que miren los que mandan. Todos sabemos que Bush, por poner
un ejemplo, es un criminal de guerra; y también sabemos que jamás le
van a juzgar… ni a Aznar, el «gran aliado de la superpotencia en
genocidios y masacres», como le llama Fidel Castro. Como sabemos que a
ese Obama que mantiene el centro de detención de Guantánamo, y apoya la
«guerra sin fronteras» del Pentágono, la construcción de nuevas bases
militares en Colombia y el aumento de la ayuda militar a Israel le han
dado el Nóbel de la Paz, convirtiendo sus guerras en «acciones
humanitarias».

Apoyados por esos muros ideológicos,
económicos y raciales que los medios de comunicación contribuyen a
hacer o deshacer, potenciar o invisibilizar, alentar o criminalizar, en
los Estados Unidos de Obama, los más de mil kilómetros de muro
construidos para impedir el flujo migratorio de México a EEUU no han
hecho sino desviar las rutas de cruce hacia el desierto y aumentar el
número anual de migrantes muertos (van por los 400 al año). Es lo que
llaman (que para todo tienen nombre) la política de prevención por
medio de la disuasión; es decir, levantar barreras cada vez más
sofisticadas e infranqueables para obligar a la gente a atravesar por
las zonas más peligrosas con el objetivo de que las numerosas muertes
disuadan a los próximos migrantes. Si a esto le añadimos el hecho
demostrado de que con los indocumentados interceptados se cometen todo
tipo de violaciones de los derechos humanos por parte de la policía
fronteriza y que las mismas quedan impunes en su mayoría, pues no
hacemos sino confirmar, una vez más, que el eco que se hace de los
«muros de la vergüenza» y la consideración de víctimas o de simples
ilegales/indocumentados/huidos que se otorga a quienes los padecen
tiene directamente que ver con su procedencia, clase social y/o
carácter de su migración.

Y aún hay otros muchos más muros que
han «sustituido» al de Berlín, pero que se ocultan tras los muros de
incomunicación mediática: el conocido como «muro de Berlín de Asia»,
que se extiende por casi la mitad de los 2.900 km. de línea fronteriza
entre India y Pakistán y que Nueva Delhi piensa seguir construyendo,
con la aquiescencia de EEUU, interesado en potenciar las divisiones
entre Pakistán y la India; la barrera de seguridad de 9.000 km., la más
larga del mundo, que convierte a Arabia Saudita en un reino amurallado;
el muro anti-inmigración entre Botswana y Zimbabe; los que han
levantado en Bagdad entre los barrios de mayoría chiíta y los de
mayoría sunita; el que divide Chipre de norte a sur; los 1.100 km. de
alambradas reforzadas con sembradíos de minas antipersona colocados por
Kirguistán; y, cómo no, todas esas gated communities (barrios cerrados)
discriminatorias, custodiadas por hombres armados, que se extienden por
el mundo entero y cuyo paradigma podrían ser esos muros que están
construyendo en Río de Janeiro para separar las zonas empobrecidas de
favelas de las de mayores recursos…
Veinte años después, los muros de Berlín se han multiplicado por todo
el planeta; los visibles y los invisibles; los reales y los simbólicos;
los que separan a los pobres de los ricos; los que aíslan a ciertos
países en base a su poco interés económico… los que segregan para
aplastar a pueblos y lenguas minoritarias, como ocurre en Euskal
Herria, donde, con el increíble cuento de «proteger el castellano»,
están colocando una vez más al euskara en la pendiente de la
marginación y la desaparición.

Veinte años después, todos esos muros
no demuestran sino el fracaso del poder y sus gobernantes en sus
políticas migratorias, sociales, laborales y de defensa de los derechos
de los pueblos. Al pueblo nos corresponde conducirles por la vía del
diálogo, el acuerdo y la negociación.

Diario Gara

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